18 agosto 2015

ahí estaba

No todos los días son similares ni se piensan desde la cima de la mente. Me suenan a juego de palabras estos trazos que son nada más que reflejo solitario de un tiempo que sigue dentro mío porque lo he vivido y siento no debo dejarlo a un costado del presente. Me veo sentado sobre el cabrestante del patrullero, en algún puerto del interior argento en pleno verano, por la carpa que cubre la cubierta principal, cuando en mis brazos llevaba la rueda de cabillas o timón, distintivo de la especialidad bien marinera, y el primer grado del escalafón a mis 17 años. Estoy silbando, en la imagen, una maravilla heredada de mi padre y que hoy escucho en sus primeros soplidos a Maximiliano, mi nieto de casi seis años, que suele decirme de pasada, "yo sé silbar".
Quiero contar tanto que los espacios me parecen reducidos  por el tiempo escapando notablemente rápido o mi impericia para aprovecharlo por lo intespectivo de la realidad que no podemos esquivar pues sería dejar de nadar en medio del río. Pienso que no digo cosas importantes y que pocos se detendrían a hurgar en estas cavilaciones tan comunes, sin altisonancias ni rebusques literarios que no poseo, sino apenas la gracia que traigo desde el vientre y la semilla de mis padres. La mirada debajo del flequillo, "rebeldía no aceptada a bordo", es de distancia, creo sin hacer un análisis de aquél momento donde seguramente desenredaba inquietudes de la hora y lo que traía de antes, la negación al estudio secundario, mi paso por la banda del pueblo, el Cuerpo de Cadetes Bomberos Voluntarios, lava copas y barman en una confitería del centro y cadete de farmacia hasta ese tren que me llevó a Buenos Aires y de allí por un año a la Isla Martín García. Hoy mis viajes tienen esta nave de teclas oscuras que van y vienen y escurren aguas suspendidas en el espacio, en ese  disco rígido que ante un capricho suyo me podría dejar sin memoria. 
Por eso amo el papel y espero volcarme en él, antes que el devenir de los años me arrebaten los cursos navegados figurados en mis queridos escritos tal vez para nadie o hipotéticamente para un puñado de arriezgados que los quieran descifrar. 
                                                              José López Romero
Desde Esperanza, Provincia de Santa Fe, Argentina.    

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