El generoso sorbo de agua inundó mis cavidades subterráneas cuando la música despejaba mi cabeza bajo la almohada; fue hasta que el ruido del techo trajo otra cosa.Afuera arreciaba la lluvia y el radio muy cerca de mi oído decía mensajes de texto.
Me llené de gerundios evacuando momentos pasados apenas, aún casi a mi lado.
De vez en vez, nunca falla, natura expele su furia de montes talados, atmósfera envenenada, ríos cargados de inconsciencia y almas que gotean estiércol de mercado.
Se que alguien ha tirado basura a la boca de tormenta como un cadáver se arroja en cualquier parte para que Dios lo regrese en humus y luego de nuevo en siembra. Él no se mete a destapar alcantarillas y tampoco nos ha metido la ruindad en la sesera.
Comprendo el trabalenguas del locutor que no alcanza a leer los llamados. Pero heme aquí asistiendo al funeral de la madre santa que nos deja caminar por esta tierra.
Mi pueblo parece en calma y nadie cree que los farsantes no descansan. Como si esto fuera poco alguien no tiene pan, son muchos más, infinitos más en otros sitios, con la etiqueta de la vida que los ha marcado así, la llevan prendida en la mirada, lo ves.
Un santo recorre las calles en bicicleta pidiendo de favor para luego dar, es un puente de limosna, un torrente del corazón que se avergüenza de la puta indiferencia.
Las escuelas tienen pizarrones ciegos, sus tizas no escriben y esos niños creen que leer es nada, o es la superficie plana que educa para aceptar los males como benignos.
El verde infecto de un papel con poder se confunde en la llanura adulterada.
Nadie busca como ayer el aire de los prados con su pureza para solitarios, no hace falta decir por qué, la explicación será negada tres veces antes que cante un gallo.
Pocos recuerdan el amor de antaño, pero hoy jugamos a darnos abrazos con aquél viejo estilo, y un deseo decoroso mientras no se atraviese en la carrera. Sálvense los que puedan, alguien nos lo recordará cada día. ( José López Romero)

