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20 mayo 2010

solo palabras

El generoso sorbo de agua inundó mis cavidades subterráneas cuando la música despejaba mi cabeza bajo la almohada; fue hasta que el ruido del techo trajo otra cosa.
Afuera arreciaba la lluvia y el radio muy cerca de mi oído decía mensajes de texto.
Me llené de gerundios evacuando momentos pasados apenas, aún casi a mi lado.
De vez en vez, nunca falla, natura expele su furia de montes talados, atmósfera envenenada, ríos cargados de inconsciencia y almas que gotean estiércol de mercado.
Se que alguien ha tirado basura a la boca de tormenta como un cadáver se arroja en cualquier parte para que Dios lo regrese en humus y luego de nuevo en siembra. Él no se mete a destapar alcantarillas y tampoco nos ha metido la ruindad en la sesera.
Comprendo el trabalenguas del locutor que no alcanza a leer los llamados. Pero heme aquí asistiendo al funeral de la madre santa que nos deja caminar por esta tierra.
Mi pueblo parece en calma y nadie cree que los farsantes no descansan. Como si esto fuera poco alguien no tiene pan, son muchos más, infinitos más en otros sitios, con la etiqueta de la vida que los ha marcado así, la llevan prendida en la mirada, lo ves.
Un santo recorre las calles en bicicleta pidiendo de favor para luego dar, es un puente de limosna, un torrente del corazón que se avergüenza de la puta indiferencia.
Las escuelas tienen pizarrones ciegos, sus tizas no escriben y esos niños creen que leer es nada, o es la superficie plana que educa para aceptar los males como benignos.
El verde infecto de un papel con poder se confunde en la llanura adulterada.
Nadie busca como ayer el aire de los prados con su pureza para solitarios, no hace falta decir por qué, la explicación será negada tres veces antes que cante un gallo.
Pocos recuerdan el amor de antaño, pero hoy jugamos a darnos abrazos con aquél viejo estilo, y un deseo decoroso mientras no se atraviese en la carrera. Sálvense los que puedan, alguien nos lo recordará cada día. ( José López Romero)

05 febrero 2009

alas prestadas

Aquellos que suelen estar a toda hora con su inteligencia expuesta son escasos, pienso ligeramente. Pues se dice que la máquina perfecta aún no ha sido inventada y el hombre no es una maqueta con el mejor diseño. Camino esta tesitura y hablo sin testimonio de causa. Soy uno de esos que abren la ventana y esperan vírgenes inspiradoras pegándose a sus cristales empañados por algún motivo. Devolveré las alas prestadas por una mañana poco generosa que me vio sin nada y quiso que subiera a una ilusión de tono pasajero. El invierno vendrá incorruptible a deshojar las virtudes de los egoístas y los disfraces de luces de los delirantes, como quien suscribe. Acomodaré unas mentiras cortas en un cofre de papel y las líneas fuertes cubrirán mi retirada sin lágrimas perennes. Quién sabe qué dirá el eco de mis pestañas. A las siete de la tarde detuve mis pupilas en la herida de las nubes que batían tambores para una lluvia demasiado anunciada. Y fue en una puerta cualquiera donde la rubia de largos rulos teñidos estiró sus piernas blancas al sur, simplificando el trabajo de la brisa que jugueteaba con sus encantos debajo de la falda corta y negra. Intenté dibujar unos pájaros a vuelo remontando un viento inexistente. Huían de una tormenta que prometía salvar a nuestra tierra seca montada en una escena de sofocación y muerte. Las agujas del reloj quedaron detenidas a las 9.15 y supe que ya no pasaría el tren de las 10. El cielo estaba transparente y los supuestos pasajeros, sus conversaciones y sus equipajes desaparecieron del andén. Las paredes quedaron a solas junto al mustio badajo de la campana de partida y un vagabundo sin destino. Amplié la mirada en derredor y supe que nada era cierto, que el tiempo citado no había sucedido, que mis pensamientos eran un borrón ininteligible y lo que había escrito este día habitaría eternamente un profano silencio. (José López Romero)

22 noviembre 2008

eran tantas las rosas

Una cosa sepultó la otra sobre la mesa y allí naufragaron mis cuestiones poéticas. Era desmesurado mi afán en hallar “ese” rincón especial para estilar unas sílabas, cuando me hubiera contentado apenas un párrafo o como se llame el orden de un puñado de palabras que a fin de cuentas será solo eso.
Son millones las que vagan y se dispersan por donde imagine, con sus distintas actitudes y lamento su potencial tirado como en juego de “barajas”. Discurro conmigo mismo para no desavenir con nadie en este punto en que digo que nada fue ni será aprovechado de la sustancia de las mejores letras.
”El hombre aborrece de sus escribientes pensadores y solo los pone en vidriera como algo raro”, extraje de un racimo de páginas amarillentas tomadas de alguna parte. Es mucho lo que dejamos en el camino de aquellos que enaltecemos y premiamos para después arrumbarlos donde no molesten, sin olvidar de vez en cuando exhibirlos en público. Si digo “mejores letras” no me atañe el epíteto ni lejanamente. No podría desconocer con alegría mis limitaciones tan comunes de mero cronista. Uno es un guerrero de fantasía con su Quijote a cuestas arremetiendo contra los molinos que siempre existen. El malherido medio ambiente, los misiles inteligentes del dragón de la montaña y cuanto loco con poderes exista con un séquito de invasores al instante, para eternizar sus egoístas y privilegiadas ambrosías. El borrador quedó en su comienzo y no fue más allá de lo que juzgué una tibieza, como si fuera impropio bucear en mi río de colores sin que esta rebeldía innata que me quema se manifieste. “Eran tantas las rosas…” escribí, y quedó allí tieso y vacío ese deseo que venía abriéndose paso. No había nada para decir que no fuera la inmadurez de las emancipaciones que alimento. Se que no es necesario desparramar consignas gratuitamente, y menos esta que llevo prendida para mis sueños internos que no trascienden sus fronteras. (José López Romero)

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