En el closet de mi conciencia guardo el vestido que estrenaré mañana. Y digo mañana porque hoy plancho la camisa de hilos invisibles que se ajusta muy bien al relieve de mis sueños. En teoría el reloj avanza sin mayores sobresaltos. Puede ser el tictac del mecanismo, tal vez un pitico que anuncia los tiempos modernos, quizás el temblor de un granito de arena que cae lentamente hasta convertir el vacío en una playa que no ocupa la palma de mi mano. De cualquier manera hay que aprender también a reconocer los minutos en la bandada de aves migratorias, en el cambio de figura de las nubes, en el paso de un viento repentino, en el concierto de cigarras cuando sale la luna.
Abro la ventana y las montañas me dicen en colores plateados que la tarde pronto desaparecerá. En el horizonte se perfila el sol de los venados, un dibujo de pinceles cósmicos que a lo mejor presagia el arribo de estaciones desconocidas. Realmente en Bogotá solamente percibimos calor o frío. A falta de copos de nieve -adultos y niños- hacemos muñecos sonrientes con los cristales del granizo; y el verano es un cielo despejado que se ríe a carcajadas de las gabardinas que, a principios del siglo XX, indicaban que nuestra capital era una sucursal del Polo Norte.
Los días por venir desfilan entre páginas borrosas y húmedas; se desgajan lentamente sobre un colchón de polvo, aire y retazos. Son fantasmas del pasado, rumores del presente, voces que hablan un idioma Universal más allá de las fronteras que separan tiempos y espacios.
(Carlos Eduardo) El mago de tu corazón