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05 septiembre 2008

SOÑANDO SUEÑOS GRANDES



El grupo Gen Verde tiene una canción adaptada de tres historias reales que acontecieron en la Italia de 1943, durante la II Guerra Mundial.
Es una canción realmente preciosa melódicamente, como lo real de su texto.
Tres historias, sólo soñadas, porque ninguna tuvo su final feliz, es más, ninguna tuvo su final.
Historias de gente anónima como tantas otras, que nos ponen de manifiesto la crueldad de una Guerra (siempre sin sentido).

Será un día radiante de mayo, esperando estará ante el altar.
Desde el cielo el sol, con sus rayos, nuestra ermita de luz llenará
Me pondré el vestido más blanco del mundo se seda y fino organdí.
Luego, él, me dirá sonriendo, con ternura y dulzura que sí.

Nunca se caso porque su novio no volvió del frente. Murió de un cañonazo.

Aunque digan que soy diferente, recorrer todo el mundo yo quiero.
Conocer otro tipo de gente; a mi esto me queda pequeño.
A través de América, India o la China mil paisajes más conoceré.
Y si un día se va a la Luna, sin dudarlo hasta allí llegaré.

Mutilado de guerra, sin piernas. Postrado en un sillón de ruedas, renunció a sus planes de viaje.

Estudiaré cometas y abismos, los misterios del cosmos y el viento. La razón de los cataclismos, la sintaxis de los sentimientos. Buscaré nuevas formulas grandes teorías
Calmaré así mi sed de saber. Buscaré en las filosofías la respuesta a cada porqué.

Sus Padres murieron en la guerra, mientras huían a las montañas. Tuvo que tomar las riendas de la familia y ponerse a trabajar. Dejó los estudios.


¿Para que sirve una guerra?

Hecha de luz y sombras, bella la vida va.
Soñando Sueños Grandes, soñando felicidad.
Caminos hay de sobra, se corre de aquí a allá.
Soñando Sueños Grandes. A veces los vemos.

Qué sería de la vida sin soñarla…


Gen Verde (Prime Pagine)

28 agosto 2008

TRES HISTORIAS CON UN FINAL EN COMUN



Nací entre montañas y casi no conocía el mar pero, ahora en primavera, caminaba por la arena.


En un autocar de montaña con asientos muy estrechos, a mi lado, se sienta una mujer cargada con un montón de bolsas, paquetes, cajas, cesta con gato justo sobre mi cabeza. Enseguida intuí el peligro. Tres horas de viaje con el riesgo de que todo ese tinglado me cayese encima; la miré con todo el odio y el miedo de que era capaz


En mi país todavía se va a los lavaderos públicos y yo me había ido al de siempre, al que hay cerca de mi casa con mi colada. Había muchas mujeres y el espacio era pequeño, pero nos conocíamos todas, y estábamos charlando alegremente cuando llegó un viejo.



El mar es precioso y parece que habla, que ríe, que conversa contigo. Hubiera querido ser un pintor para inmortalizar aquel encanto.

El odio y el miedo son hermanos gemelos. Ella inmediatamente se dio cuenta de mi reacción y se vengó de la manera más sencilla y directa. Volvió a colocar sus bártulos de forma que ocupasen más espacio todavía, como si quisiera sofocarme.

El viejo tenía que lavar su sábana, una camisa y su turbante, pero era casi ciego y nos pedía que le hiciésemos un poco de sitio

En la arena un cristal, "no puede estar aquí" me digo. Alguien sin verlo podría hacerse un corte en un pie y su pie es el mío, su herida, la mía. Recojo el cristal, hay otros, los recojo todos.

Parecía que los paquetes, allí moviéndolos continuamente, se hacían cada vez más grandes, enormes, sofocantes. Me acordé de una frase "Ve a Cristo en cada prójimo" y ¿Quién mas prójimo que ella? Sin pensarlo dos veces le sonreí con mi sonrisa más sincera y afable.

Dame tu ropa, te la lavo yo; y todas mis compañeras se echaron a reír "¿Con todo lo que tienes, te pones la lavar la ropa del viejo?

Reuno los cristales, luego veo una cáscara de coco flotando en el agua, la recojo. Luego una rama, después otros objetos. Entonces comprendí que en la playa no estaba solo. Si en mi casa veo un papel en el suelo lo recojo y ¿por qué no recoger cristales y ramas en la playa? También esta es mi casa. Esta tarde quien pase por aquí sentirá la armonía y nunca sabrá porqué, sólo el mar le podrá decir: "Alguien aquí te ha amado también a ti"

Ella se quedó de piedra y empezó a retirar sus bártulos todo lo que pudo, dejándome cada vez más sitio, como si quisiera encoger toda su mercancía, gato incluido. En resumidas cuentas todo acabó en amistad y hasta me invitó a pasar las vacaciones en su casa con toda su familia.

No hice caso de las ironías de mis compañeras. Renové al viejo la propuesta de lavarle la ropa, estaba feliz. Me bendijo, y a toda costa quiso dejarme un trozo de jabón que guardaba celosamente. Ahora ya nadie se reía de mi; mi ejemplo y el del viejo se habían hecho contagiosos. Una pasaba su barreño, la otra pasaba el cántaro del agua a la que estaba más lejos.




La coperta del mondo (GV)

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