Huyendo estoy de ti, niña, como cuando suena un toque de queda y todos huimos por las calles empedradas de lluvia. He querido llegar aprisa a ese bar que alguna vez dijeron estaba abierto hasta la medianoche, para alquilar un soporte fuerte para este mi pensarte. Tal vez dos horas de cerveza sean suficientes…
Y este corazón que duele de abrazos y mi rostro sediento de esos ojos claros! y ya no pudieron esperar, no pudieron esperar...! He de ver en qué apoyo el abrigo de mi ardor para calmarlos, quizá envolver en un papel la cimitarra que cuelga de ese antiguo mueble y esperar que se descuide el pensamiento para cortarle las arterias que alimentan este echarte de menos. Al borde del primer vaso de cerveza, viene escrita la palabra olvido y el fondo de ese mismo vaso se me ocurre arrepentido de tanto extrañarte.
La primera hora es un tumulto de canciones que me llegan hasta el fondo de ese abismo en que me has dejado solo. Al fondo duele, no te lo imaginas. Quizá la paz en que te encuentras sea tu verdad. Mi verdad es… a quién se lo pregunto, quién podrá decirme si ese simulacro de pasión en que nos envolvimos ha de tener alguna vez perdón. Eres especial para despedidas, me dijiste, te gusta mucho hacer doler. No, no lo soy, me gusta que tú sepas cómo duele despedirse, quizá tú puedas ver cómo se secan esas calles que recorro, empedradas de lágrimas ya no de lluvia, hasta que alcanzan mis pies. Me gusta porque es bueno que ese tesoro que ahora desalojo de mi pecho no se quede sin tu aroma. Ya nacerá otro, ahora que te vas y yo me quedo, es mejor que te lo lleves y te lleves bien con él.