La poesía es el florecimiento de las posibilidades ordinarias.
Es el fruto de una simple y natural elección. Ésa es su inocencia y su dignidad.
No seamos como quienes desean que el árbol dé primero el fruto y más tarde la flor: un juego de manos y un anuncio.
No seamos como quienes desean que el árbol dé primero el fruto y más tarde la flor: un juego de manos y un anuncio.
Nos contentamos con que venga primero la flor y posteriormente el fruto, a su debido tiempo. Tal es el espíritu poético.
Obedezcamos a la vida y al Espíritu de la Vida, que nos llama a ser poetas, y cosecharemos muchos nuevos frutos de los que el mundo tiene hambre: frutos de esperanza nunca vistos con anterioridad.
Obedezcamos a la vida y al Espíritu de la Vida, que nos llama a ser poetas, y cosecharemos muchos nuevos frutos de los que el mundo tiene hambre: frutos de esperanza nunca vistos con anterioridad.
Con esos frutos calmaremos los resentimientos y la ira del hombre.
Sintámonos orgullosos de no ser curanderos, sino hombres corrientes y vulgares.
Sintámonos orgullosos de no ser expertos en nada.
Sintámonos orgullosos de las palabras que se nos dan gratuitamente; no para enseñar ni refutar a nadie, ni tampoco para demostrar el absurdo de nadie, sino para apuntar, más allá de todos los objetos, al silencio en el que nada puede ser dicho.
No tenemos que persuadir a nadie.
Somos los hijos del Desconocido.
Somos los ministros del silencio que es necesario para curar a todas las víctimas del absurdo que agonizan de alegría artificial y ficticia.
Reconozcámonos, pues, como quienes somos en realidad:
derviches locos de un amor secreto y terapéutico que no es posible comprar ni vender y al que los políticos temen más que a la revolución violenta, porque la violencia no cambia nada,
mientras que el amor lo cambia todo.
Somos los ministros del silencio que es necesario para curar a todas las víctimas del absurdo que agonizan de alegría artificial y ficticia.
Reconozcámonos, pues, como quienes somos en realidad:
derviches locos de un amor secreto y terapéutico que no es posible comprar ni vender y al que los políticos temen más que a la revolución violenta, porque la violencia no cambia nada,
mientras que el amor lo cambia todo.
Somos más fuertes que la Bomba.
Digamos, pues, "sí" a nuestra nobleza abrazando la inseguridad y la abyección que la existencia de un derviche conlleva.
En la República de Platón ya no había lugar para los poetas y los músicos, y menos aún para los derviches y los monjes. En cuanto a los "Platones" tecnológicos, que creen regir ahora el mundo en que vivimos, imaginan que pueden tentarnos con banalidades y abstracciones.
Pero podemos eludirlos simplemente con introducirnos en el río heracliteano que nunca se cruza dos veces.
Cuando el poeta pone el pie en ese río en constante movimiento, la misma poesía nace del agua fulgurante. En ese instante único, la verdad resulta manifiesta para todos cuantos son capaces de recibirla.
Nadie se acerca al río si no es andando por su propio pie.
No se puede llegar allí en ninguna clase de vehículo.
Nadie puede introducirse en el río vistiendo las prendas de las ideas públicas y colectivas.
Debe sentir el agua en su piel.
Debe saber que la inmediatez es sólo para las mentes desnudas y para los inocentes.
¡Ea, derviches:
he aquí el agua de la vida:
danzad en ella!