23 diciembre 2011

albedrío

Soy el que va por el sendero agreste con su mochila disidente, el que mira libar a las abejas de la comarca, que llegan del campo árido desnaturalizado prematuramente. No llevo pregones ni consignas, apenas canto la filosofía de las piedras, y le robo poemas a mi hijo, el de las letras, que habla de nosotros, los que remamos en un mar de palabras oscuras a veces mal compiladas. Amo a los colibríes que veo sacudir su realeza junto al sencillo gorrión que ilumina la vida, aunque muchos no lo comprendan y rechacen por su opaco espejo de grises plumas. Los he visto confraternizar pero jamás haciendo la guerra, majestuosos alados unidos en el corto espacio de una rama seca de mirar el universo. Sabios, prudentes, andan sin despertar ruidos, para no molestar nuestros ámbitos cotidianamente insuficientes y ásperos, desconectados, impiadosos e infieles. Dos brazos en cruz me dieron la ruta de los que mueren por la codicia extrema que arma poderes y sables sin rostro, acomodando a gusto su reino en el mundo. Soy el analfabeto, el cartonero, el que cultiva la tierra aún libre de la pústula de los terratenientes, de los burócratas que amasan dinero para las ratas. Cuando creo que debo invertir el sentido liberador de mis papeles, los devuelvo a su origen, el suelo, los árboles, el silencio. Los derramo como rocío en las vertientes que encuentro al paso, aunque escapen definitivamente a mi dominio. El murmullo del cielo no perece, son las voces de sus habitantes tan cercanos, los tuyos, los míos. Es la brisa aliviando la canción queda de los labradores y los obreros constituidos sirvientes de sus terrones y sus herramientas. Historia reciclada en el libreto de los inventores de la segregación, dueños de las armas siempre listas para ofender o eliminar. Lo siento, me verás pasar de mirada sumisa, pero no humillada. Mi exterior es una apariencia real donde la debilidad no habita. Pienso que la fortaleza es un escudo de adentro, que no se exhibe, como un charlatán de feria adornaría sus virtudes. Es un secreto que se manifiesta cuando el reflejo es recíproco, allí donde el abrazo será brote, causa y razón evidente de mi elección.

Texto y fotografía de José López Romero.

4 comentarios:

Walter Portilla dijo...

Eres uno y eres todos, José. Y añoro ese tiempo que te da el poder observar a esos picaflores, colibríes o quindes. Igual al gorrión que, por cierto, jamás me retuve a pensar en esas pequeñas aves como buscadoras de la paz. En los quindes lo entiendo, pues liban néctar, y jamás sabremos de ellos que emanen hiel de sus alados cuerpecitos.
Te percibo meditabundo, como muchas veces y me abrazo a tu melancolía sobre el mundo y la naturaaleza que cada vez nos deja más, se aquieta, se va, se pierde.
Un abrazo enorme querido amigo.

Pedro dijo...

Divinas reflexiones enmarcadas en bellas palabras. Yo soy un admirador secreto de los gorriones, los envidio y algún día me gustaría ser uno de ellos, de momento, sólo trato de parecerme.

Un abrazo.

josé dijo...

con tus pensamientos te haz convertido en uno de ellos, gracias por tu reflexión, siempre admiré tu exposición, igual que la de Walter y otros de este sitio que de verdad siento está regresando a se lo que fue en mejor momento, Ya andaré con más frecuencia por sus parcelas personales, pero sigo saliendo de un puñetazo que me dio la temperatura yendo por los campos en este reciente verano por demás de caluroso, es hora de cambiar los hábitos. Un abrazo para todos y que esta navidad tenga en ustedes la piedad y el solidario acto de un buen ser humano que descuento en sus personas. ¡Suerte!

josé dijo...

A veces unos mira alturas que no dicen nada y se inventan geometrías que no habitan en los seres humanos, mirar cercano es lo más apropiado, las cosas inmediatas, los actores que miran de frente sobre las tablas, el mirador y la fuente de la vida está sobre los pasos dados, y en el horizonte que no alcanzamos, pero hacemos nuestro. Todo esto es unidad y amor por lo que nos sensibiliza.

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