28 julio 2009

En la Memoria

Todo era caos y confusión en la Memoria en aquellos tiempos en que ocurrió. La Anarquía parecía haber ganado la ardua batalla en la que tantos años se había mantenido, luchando sin dar cuartel y con una fiereza inusitada, contra el orden que pretendía imponer el Pensamiento. La Sinrazón llegó a tomar el mando después del humillante destierro al que había sido, forzosamente, conducido el Sentido común.

De nada sirvieron las denodadas revueltas protagonizadas por el Juicio y la Experiencia, ni las apelaciones a la razón que con tanto ahínco efectuó el Conocimiento. También la Imaginación hizo todo lo que estaba en su mano por conseguir un mínimo de paz.

Todo fue inútil.

El Sueño y la Ilusión, juntos, hicieron oídos sordos a la llamada insistente de la Esperanza. La Creencia se tornó en Escepticismo, divorciándose para siempre de su estimable compañera la Fe. El Prejuicio, el Miedo y la Intolerancia camparon a sus anchas entre una neurona y otra, llegando a dominar una mente que daba ya muestras de una enfermedad degenerativa e incurable.

También la Apariencia, esa arpía corrupta, aprovechó el desorden instalado para apoderarse del ingenuo Ego y crear todo un mundo, para sí misma, perdido en vacuas etiquetas, rótulos incomprensibles y máscaras multicolores, terminando por conducir así a la derrotada Memoria: por parajes sombríos e inhóspitos donde nada era lo que parecía y todo lo aparente carecía de valor.

Y fue entonces, durante aquellos tiempos convulsos, cuando el Recuerdo, que hasta el momento se había mantenido al margen del conflicto, decidió tomar partido de forma más decidida y resolutiva. Su imparcialidad absoluta le impedía saber, en aquellos momentos de incertidumbre, cómo le saldría la jugada que se disponía a realizar; aún a riesgo de empeorar más la situación, se aventuró en su cometido hasta sus últimas consecuencias.

Comenzó convocando una asamblea general donde se decidiría el futuro inmediato de la Memoria que los albergaba. Dada la simpatía que causaba a todos, nadie puso reparos en acudir, aunque muchos dieron claras muestras de reticencia, sobretodo los que se encontraban a gusto con la situación existente. En ella expuso, con manifiesta convicción, su intención de poner fin al desacuerdo reinante entre las partes contrarias.

Pero conforme fue presentando el pliego de condiciones que había preparado con antelación, el descontento entre todos ellos fue creciendo sin remedio. Nadie se mostraba dispuesto a rebajar ni uno solo de los derechos que se había auto-otorgado en perjuicio de los demás; así que, paulatinamente, y sin cesar en sus protestas, todos fueron abandonando el lugar por temor a acabar desahuciados por la fuerza, dada la firmeza que mostraba el Recuerdo en cada una de sus aseveraciones.

Y ocurrió que la Memoria se fue quedando, poco a poco, más y más desierta, más y más tranquila, hasta llegar a lograr una calma absoluta en el momento en que pareció estar vacía por completo...

O al menos así lo creyó el Recuerdo. Pero cual fue su sorpresa al descubrir, al fondo del todo, donde apenas podía llegar su amplia mirada, una sutil presencia, casi invisible, transparente más bien, y que hasta entonces había pasado desapercibida incluso para él, que todo lo veía.

Al acercarse con sigilo, comprobó que parecía dormir profundamente. Quedó atónito por la belleza y la paz que emanaba de ese ser angelical, surgido casi de la nada. Pero la magia pronto se rompió; de repente, sin previo aviso, la criatura se levantó de un salto, sobresaltada y muy aturdida.

–¡Pero qué es este silencio ensordecedor, qué ocurre aquí! –exclamó asustada, pues precisamente, lo que la mantenía en ese letargo eterno del que acababa de despertar, era el ruido estridente que constantemente reinaba en la Memoria desde tiempos remotos.

–¿Quién eres? –preguntó el Recuerdo aún embriagado por tan sublime presencia–. Un momento, tu cara me suena de algo, creo haberte conocido en un pasado muy lejano. Pero.... tu nombre... tu nombre se me escapa del todo. ¿Cuál es tu nombre pequeña?

–¿Mi nombre? –dijo algo desorientada–. ¡Ah..., mi nombre! Sí... mi nombre es Inocencia.

6 comentarios:

mj dijo...

Hoy mi día comienza con este texto tuyo, lleno de sentido y significado y me alegro por haberlo leído.
Muy hermoso Pedro, gracias...
Feliz Verano
mj

Begoña (Murcia) dijo...

Emotivo y reflexivo. Es un gozo poder leerte.
Feliz verano.
Un abrazo

Norma Ruiz dijo...

hola:
qué bello texto.
que bueno sería si la memoria estuviera presente siempre. para algunas ocasiones usamos los recuerdos.y para otras la inocencia.
te felicito "me encanto"
besos

Walter Portilla dijo...

Hermoso escrito, Pedro. Y qué bello sería que fueran todas una sola, en común acuerdo, siguiendo los designios de la cordura. Aunque a veces, si lo pensamos, necesitamos estar a merced de cada una en diversos momentos, algunos de ellos, envueltos en locura, que es la que evita que nos duela lo que no nos damos cuenta (o nos impulsa, según cómo la veamos).
Y de la inocencia, Dios, si ella fuera nuestra guía perfecta.
El que le hayas dado esos colores, ha hecho que observáramos con más cautela cada parte, muy buena idea.
Mi abrazo enorme, Pedro.

Nines dijo...

Para mi es un hermoso cuento, escrito con todo un sentimiento de dulzura, es muy dulce, como una tarde de primavera en Murcia, como pasar una tarde de otoño en mazarrón, como una mañana aquí, paseando por el rio Limay.
un beso.

amor que soy dijo...

nada como esa inocencia para obrar con libertad

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