19 septiembre 2008

bandera de resurrección

Olí su aroma junto al corazón rojo; tenía pintas amarillas y su perfume era casi imperceptible. Las flores también mueren en primavera, pensé, como los ríos se enfrían en los eneros de mi tierra. El día que Marica comenzó su viaje hacia lo eterno de nuestra comprensión, su camino fue de luces por una escalinata al cielo de súbita partida.
Su equipaje estaba completo y en su libro de recuerdos había marcado los habituales sentimientos que se suponen en regla. No es fácil ser así.
La mañana es un hueco en la vida. Por ella metemos un par de soles disfrazados de sueños, que en ocasiones terminan en una calle descripta por un poeta loco, o arrojados a una maldita cloaca sin una obvia razón.
Siempre usé zapatillas y jean, cabello apenas desprolijo, largo por mis reales ganas, y pelos en la cara. Lo digo y entremezclo esta cita en una demencia dialéctica que no he calculado. Es un impulso heredado de alguna noche de paladar desordenado, en el intento de ver al mundo sin el borde oscuro de sus despilfarros, plagado de cacharros contaminantes y gestos perdularios pateándole orgullosamente el culo.
Mi ilusión no tiene diapasón, tampoco es didáctica pero quiero y necesito creer, que el sol se refleja en la piel de cualquiera y nadie puede desde su pálida cáscara humana, conseguir habilitación permanente para sostener mandatos separatistas.
El escondrijo de mis miedos ha claudicado, he plantado bandera de resurrección después de ver que solo un puñado de invisibles llamas me ha chamuscado. Mi mascarilla solo parece de carnaval, soy benevolente conmigo, y no me traduciré jamás para un necio pretexto cotidiano. Pagué peaje a la formalidad con peso específico sincero, teniendo el amor sangrante, expuesto y pródigo, colgado a un catálogo de tonterías inútiles.
Por rutina pasé tantísimas veces sobre pozos de estiércol, convalido la expresión, y mis pasos no fueron claros ni precisos, acertados o inteligentes. Por eso ayer, dejé un retazo de miseria reposando en la tapa del retrete y seguí con otra cosa. Harrison es niebla pero vive, me dije, porque como las voces de mis viejos suena siempre en mi cabeza. Canta con Elvis, Janis, John, y me conmueve como los creyentes que entonan su esperanza de Dios, aún inconscientes. Los que ofrecen su alma son purificados, en este valle o en el confín de cualquier galaxia que los contenga, vaya uno a saber.
Por cada historia de miles de millones que han pasado y se sucederán, pido indulgencia, por las cosas que no han dicho y se han guardado. Todos lo hacemos de continuo, quien más o quien menos; atento a esto afirmo para que nadie se ofenda, que lo que se diga de los muertos, sin retocar la lengua, es nada más que mierda. (José López Romero)

5 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Eso José!!!
Coincido contigo, las flores también mueren en primavera.
Felicitaciones.
Alicia

Poeta Carlos Gargallo dijo...

me gustó mucho tu escrito, un abrazo

Pedro dijo...

Para leerlo bien despacio, masticando cada palabra y digiriendolo todo, sin desperdiciar una sílaba.
Tus textos encierran una poesía muy particular. Me encantan.
Un abrazo.

Sonia Cautiva dijo...

José:
Cada palabra un poema, cada grupo de poemas un sentimiento. ¡Qué lindo! Así de simple,leerte y percibir la vibración de esos sentimientos. En este relato buscas a Dios entre la gente. Yo, José, busco al hombre entre la "gente".
Es precioso tu relato.
¿Marica no está más? ¡Qué pena! Se me ocurre que como al escribir se advierte por lo general algo de la autobiografía, es pena.
Precioso el texto. Creo que cada tema tuya es una joyita para el alhajero.
Pasaste por mi blog. ¡Soy tan simple! Solamente reflejo lo que veo. Gracias por leerme.
Un abrazo
Sonia

ade dijo...

- Las cuerdas de tu guitarra siguen tansitando por hermosos recovecos del alma. Me encanta su travesía. Ade

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